Desde que recuerdo he pasado por muchísimas etapas distintas a la hora de acogerme a una u otra alimentación.
Como anécdota siempre me gusta recordar lo "rara" que me sentía en e colegio, cuando a la hora del recreo, mientras todos mis compañeros desayunaban Donetes o Bollicaos, yo comía con cierto reparo el sandwich integral con pimiento asado y aceitunas que me preparaba mi madre.
En casa sustituíamos los san jacobos de la cena por tofu gratinado o filetes de seitán.
La verdura era plato obligatorio varias veces a la semana. Tan sólo los findes - que los pasaba en casa de mis abuelos, y ya sabéis que son, popularmente, surtidores de meriendas con altos índices de grasas saturadas - era cuando me atiborraba de kcal vacías.
Mi infancia fue época de agudos contrastes alimentarios, lo que dio lugar a una adolescencia algo minada por el desconocimiento, la inseguridad y muchos otros aspectos que seguramente pasaré a detallar en futuras entradas. Pero vaya, con esto quiero decir que la alimentación ha sido un eje importantísimo en mi vida, y un arma de doble filo. He dejado que arrasara con todo, enturbiando gran parte de mi mundo, y por lo contrario me ha ayudado a leer (y entender) la vida desde muchísimos prismas distintos.
En los últimos años he leído y aplicado en mi muchos tipos de dietas, así como la Dukan (de la cual no voy a hablar ni pretendo posicionarme, almenos no por ahora), la dieta del Rh, la dieta paleo, el crudiveganismo (lo sé, es un sinsentido) el ayuno intermitente... Todo ello iba motivado por mi curiosidad constante por probar nuevas cosas, y cada vez que un libro de temática (alimenticia, se entiende) distinto al anterior caía en mis manos, suponía un cambio de rumbo en mi cesta de la compra.
También se vieron muy afectados todos estos vaivenes por el afán de querer entender la evolución humana y su alimentación, de la manera más natural posible, así como darle a mi estómago lo que está preparado para digerir. Ahí, reconozco, es donde me atrapó el movimiento paleo. Pero había algo en mi que no me permitía sentirme totalmente tranquila con esta "dieta" (aunque yo lo describo como estilo de vida #postureo), y era mi amada moral.
Siempre me he visto indecisa entre lo que la evolución dicta y lo que mi conciencia me permite.
Me propuse durante un tiempo probar con el vegetarianismo, pero no me van las medias tintas y tampoco era una carnívora de manual. Así que el cambio hubiese sido mínimo.
Seguí dando tumbos en la cocina, combinándolo con métodos de entrenamiento complementarios.
He estado estos últimos meses meditando, aunque sin saberlo, hasta que un vídeo viral de FaceBook (en el que sale Frank Cuesta hablando de un programa de televisión donde utilizan a animales como objeto de entretenimiento) me hizo dar una palmada sobre la mesa y acabar con este dilema.
Las imágnes que vi en él no eran nuevas: las redes sociales se encargan de ensuciar conciencias con vídeos de este tipo; animales maltratados, niños desnutridos, violencia en las calles, prostitución, pobreza, enfermos que necesitan 200 mil likes para dar con un antídoto... sabéis de lo que hablo. Pero fue ahí, justamente, cuando él pronuncia la frase (y no porque sea él, porque tampoco soy audiencia potencial de este señor) "romper el alma". Salió la imagen de una osa enjaulada a la que le arrebataban a su cría para encerrarla durante días en una celda de dolorosas dimensiones. Los gritos desgarradores de esa osa por su cría explosionaron en mi cabeza y, por un momento no me valieron mis antiguas teorías sobre el hombre y su historia: la caza, la supervivencia, los rituales, los nómadas, la maldita proteína... No. Yo no quiero contribuir a que esta imagen se repita.
Yo no quiero que ni un sólo ser vivo pase por eso y menos para acabar en una cazuela.
Me vi con la obligación moral de no volver a alimentarme de sufrimiento, de angustia, de horror: de muerte.
Y así empecé. De eso hace hoy 20 días.
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